30.10.09

Patricio Pron: «La literatura es un oficio ridículo: convertir el vicio privado de la mentira en una virtud pública»

Con El comienzo de la primavera se instaló el año pasado, y casi de golpe, en el mundo literario español: ganó el Premio Jaén de Novela, fue publicado por Mondadori y quedó entre los finalistas del Premio Lara, que elige los mejores libros del año. El narrador rosarino habla aquí de la experiencia de vivir ocho años en Alemania y su mudanza a Madrid, de sus colegas de La Joven Guardia y de cómo busca ser un «digno sucesor» de la tradición literaria argentina.

Por Cristian Vázquez

El acento argentino de Patricio Pron se quedó extraviado en algún lugar de Alemania. Luego de vivir durante casi ocho años en ese país, donde trabajó como asistente en la Universidad de Göttingen y elaboró su tesis doctoral sobre la obra de Copi, este rosarino habla hoy con una entonación y una pronunciación raras, un castellano difícil de atribuir a alguna región del mundo en particular.

El castellano, precisamente, volvió a ser el idioma de sus charlas casuales, de cuando baja a comprar el pan, de las indicaciones en la vía pública, en enero del año pasado, cuando decidió terminar su ciclo alemán y mudarse a Madrid. Y debieron pasar pocos meses para que se insertara, casi de golpe, en el universo literario español. Eso ocurrió con El comienzo de la primavera, obra ganadora del Premio Jaén 2008 y considerada una de las mejores novelas del año por el jurado del Premio Lara.

La excelente recepción del libro por parte de la crítica y los lectores se expresa en el fragmento de una carta publicada meses atrás en la Revista Eñe. Escribe Mónica Carmona, editora de Mondadori: «Empecé a leer El comienzo... con la misma esperanza tragicómica que tenemos siempre los editores: encontrar una novela que desprenda luz propia [...] Convencida de que tenía entre manos una novela sólida, terminé la lectura y pensé que se debía publicar; insisto, se debía publicar». Y así lo hizo.

—Hace unos meses decías que estabas un poco sorprendido por el éxito de la novela, que no esperabas que las cosas en España se te dieran tan rápido. ¿Cómo te llevás con eso?
—En primer lugar: el de los escritores y las novelas es un éxito más bien modesto. Allí donde los músicos de rock son famosos, los escritores somos meramente prestigiosos. Lo que tú llamas el éxito de la novela es en realidad una excelente acogida por parte de los lectores y de la crítica, que se ha manifestado en lecturas muy inteligentes, en tener como lectores a escritores que me tienen a mí como lector y cuya obra yo respeto y admiro mucho. La experiencia, desde luego, es muy satisfactoria. De a ratos pienso que sabía que esto iba a suceder, sólo que no sabía cuánto iba a tomar: podía ser años, tal vez toda la vida, pero los libros que yo había escrito, que estaba escribiendo, iban a encontrar sus lectores.


LA VOZ PERDIDA, LA VOZ APREHENDIDA

Pron, sentado a una mesa del Café Comercial, frente a la Glorieta de Bilbao, me cuenta los dos motivos principales de su traslado a España luego de sus años de experiencia teutona. El primero es de índole personal: su pareja de hace unos años, una sevillana, quería volver a vivir cerca de sus padres; el segundo, de carácter profesional:

Entendí que para un escritor no es conveniente encontrarse lejos de sus lectores. Primero había creído que con agentes y amigos en Alemania podría solventar ese problema, pero acabé descubriendo que eso no sólo no es deseable, sino que no es posible. Hay un aspecto que me parece muy placentero: poder acceder a mis interlocutores, poder tener conversaciones como esta que estoy teniendo contigo, conversar con mis editores, tener un diálogo franco con críticos, con otros escritores… Todas cosas que descubrí que nadie iba a poder hacer por mí.

—¿Te costó dejar Alemania?
—Sí, fue una decisión muy difícil desde el punto de vista personal, porque yo estaba muy cómodo allí. Fue un proceso largo y dificultoso. Y más dificultoso fue el regresar a un país donde no se habla una lengua extranjera, y comenzar a sentirme cómodo en España. Pero valió la pena. Ahora estoy muy contento de estar aquí. No volvería a la Argentina, sin embargo, si esa es la próxima pregunta.

—No era, pero ya que estamos: ¿no volverías por el momento, o te parece que tendría que pasar algo demasiado importante para que volvieras?
—Tendría que pasar algo tan importante como que la Argentina se convirtiera en Suiza, lo cual no va a suceder nunca. Que los argentinos dejaran de ser argentinos, y yo con ellos. Y si el país dejara de ser Argentina, de todas formas no regresaría nunca: iría a otro país.

—¿Por qué no volverías?
—He regresado tres veces desde que me marché, y siempre tuve la sensación de que el país es cada día más diferente. El lenguaje coloquial se transforma, las modas también, los actores y actrices que eran relevantes en el pasado ya no lo son, y con los escritores pasa lo mismo… El país sigue su camino y yo el mío, y ambos parecen ser cada vez más divergentes. Esta distancia con el país me permite, por una parte, entenderle con mucha mayor facilidad. Por otra, supone algunos problemas literarios. Por ejemplo: la forma en la que tienen que hablar los personajes.

—Esa sí era una pregunta.
—Por lo que he podido conversar con colegas y amigos, es un problema de todos los escritores argentinos que estamos fuera, y cada uno lo resuelve como quiere y puede. Sobre todo el voseo, una especificidad local que, para quienes la hemos perdido en el habla cotidiana, nos parece más bien una especie de rémora del pasado. Ante la disyuntiva de que mis personajes hablen como argentinos o no lo hagan, me planteo si son argentinos o no. En caso de que lo sean, pues naturalmente deberían hablar como argentinos. Pero está el otro aspecto: la lengua coloquial va cambiando. Y el gran temor de todo escritor argentino que vive fuera es que sus personajes acaben hablando como los personajes de Cortázar, que pretenden hablar un español coloquial del Río de la Plata y terminan hablando una especie de variante cursi del habla porteña de la década del 40 o el 50, las últimas décadas que Cortázar vivió allí. Probablemente si yo hiciera hablar a mis personajes como argentinos, lo harían como rosarinos de la década de los 90. Lo que sería desde luego insoportable, tanto para mí como para los lectores.

—Y hay otra cuestión: ya no cómo hablan los personajes sino cómo habla el narrador de un relato. Por ejemplo, en El comienzo de la primavera, hay un narrador que cuenta una historia alemana (por llamarla de alguna manera) usando términos del castellano de España. «Cogió» en lugar de «agarró» o «tomó», etc. ¿Cómo manejás eso?
—Es uno de los problemas literarios que pueden llegar paralizarte, si lo piensas bien. Una de las tareas más importantes del escritor es la búsqueda del lenguaje y de la voz del narrador. A menudo a la hora de buscar nuestra voz recurrimos a la forma en que hablamos cotidianamente, y la forma en que yo lo hago es esa. Durante años en Alemania sólo hablaba en castellano con españoles, y muchas palabras se me fueron pegando. Algunos somos más receptivos que otros para ciertas adherencias del lenguaje… Y finalmente acabé perdiendo mi acento y algunos rasgos propios del habla argentina. Pero creo que eso es parte de mi experiencia como escritor argentino que vive fuera, y me interesa que esa experiencia se vea reflejada, al menos sutilmente, en los libros que escribo. Sería ridículo que yo pretendiera escribir como si aún vivieran en Argentina, porque no lo hago.


LA JOVEN Y LAS VIEJAS GUARDIAS

A comienzos de este año, Pron participó de una gira de jóvenes escritores argentinos por España. El motivo era el lanzamiento en este país del libro La Joven Guardia, una antología de nueva narrativa argentina publicada originalmente en 2005. Sin embargo, hay varios puntos que diferencian a Pron de casi todos los demás miembros de tal selección; en particular, dos: comenzó a publicar muchos años antes que ellos y lleva varios años viviendo fuera del país. Por eso, la pregunta era inevitable: ¿se siente parte de esa Joven Guardia?

Sí —responde—. Cabría preguntarse qué es La Joven Guardia: yo los acompañé durante ese pequeño viaje con la intención de averiguar justamente eso. No los conocía personalmente, salvo a Maximiliano Tomas, y quería hacerlo. Al estar con ellos descubrí que había ciertas afinidades, que no tenían que ver con opiniones sobre literatura, ya que estas son muy divergentes, sino más bien con cierta experiencia generacional común y con un sentido del humor compartido. Lo único que pude sacar en claro, tras una semana viajando con ellos, es que para ser de La Joven Guardia hay que tener un gran sentido del humor. Y que ese sentido del humor es específicamente argentino.

—Bueno, es una manera de sentirse parte.
—Sí, me siento parte. Comparto y aprecio sus esfuerzos, algunos me interesan mucho como escritores, y quiero tenerlos como interlocutores, incluso aunque tengamos opiniones diametralmente opuestas sobre decenas de cosas, que incluyen la política argentina, el pasado reciente, etc. Yo imagino que ellos no tendrían ningún interés en escribir una novela como la mía, porque hay otras cosas que les preocupan más.Pero me siento parte de esa diversidad.

Me siento parte continúa también de una tradición literaria con la que ellos discuten, que es lo propio de todo escritor: discutir con lo que lo ha precedido. Mi relación con la tradición es de enorme interés y de satisfacción por ser leído como parte de ella. Mi deseo más profundo es un día poder decir que he sido un digno sucesor de algunos escritores que han sido muy influyentes y muy importantes para mí.

La tradición es un elemento que aparece en reiteradas ocasiones durante la charla. Pron habla de ella, de su relación con ella, de la relación que tienen con ella sus condiscípulos. ¿Cómo elabora él esa tradición de la que aspira a ser un digno sucesor? Nombra a Borges, Arlt y Walsh como una suerte de «clásicos» y luego enumera su constelación de autores vivos: César Aira, Ricardo Piglia, Alan Pauls, Rodrigo Fresán, Guillermo Saccomano, Sergio Chejfec, Elvio Gandolfo, Fogwill. Es incluso más específico: dice que sus libros «pueden ser leídos como parte de una tradición muy rica: la de la literatura argentina producida en el exterior, que en determinados períodos históricos, sobre todo al principio y durante períodos dictatoriales, fue la mejor». «Y esa idea tampoco me desagrada», agrega.

—Valorás mucho el sentirte parte de la tradición.
—He tenido la percepción en Alemania, en la Feria de Frankfurt, de que cuando eres presentado como «escritor argentino», los editores saben qué pueden esperar de ti y ponen el listón muy alto, mucho más alto de lo que lo pondrían si fueras presentado como un escritor nicaragüense o salvadoreño o de cualquier otra nacionalidad. Además, hay una ventaja: a diferencia de otras literaturas nacionales, donde en la opinión de muchos lectores todo es reducido a un nombre (por ejemplo, la literatura peruana para muchos no es más que Mario Vargas Llosa), la literatura argentina siempre tiene varios peces gordos. Varios grandes autores conviviendo. Y eso es una gran ventaja para nosotros. Pero también una responsabilidad: estar a la altura de los escritores del pasado y del presente. Y hacerlo en lo posible tan bien como ellos.

—Mayor responsabilidad y, si te ponen el listón más alto, requiere también un mayor esfuerzo.
—Sí. Pero es un estímulo muy importante. Si la tradición literaria se conformara por cuatro o cinco nombres más mediocres, el margen de error tal vez sería mayor, pero sería menor el interés que despertaría en los escritores el hecho de ser mejores que quienes los han precedido. Creo también que, desde el momento en que nuestra tradición literaria tiene a Borges, es una especie de batalla perdida de antemano para todos. Sólo te queda aprovechar lo mejor de ella y convertirte en un escritor para los lectores del presente, para aquellos con tus complicidades.


PENSAR EN TÉRMINOS DE LIBROS

En la conversación conmigo, Pron se muestra mucho más amable con sus colegas jovenguardistas que en el artículo que escribió para la revista peruana Etiqueta Negra, publicado en la edición de marzo. Allí deja entrever (por no decir directamente que lo deja ver) que ellos están mucho más preocupados por alcanzar el éxito comercial que por la literatura en sí misma.

«Mientras que en el pasado —afirma Pron en ese texto— el escritor se exhibía en público o daba entrevistas tan sólo como forma de apoyar la venta de su libro, que era el objeto de la producción literaria, en la actualidad el libro ya no es un fin en sí mismo, sino que sirve meramente como apoyo de la figura del escritor, como si éste fuera una marca que necesita sacar periódicamente nuevos productos al mercado para que los consumidores no olviden su nombre.»

Pone como ejemplo el caso de Juan Terranova, uno de sus compañeros de ruta, quien apuntó que de sus libros se venden «entre quinientos y seiscientos ejemplares» pero su blog recibe de 200 a 400 visitas por día. Según Pron, eso convierte al blog en «el espacio de intervención por excelencia del escritor argentino joven».

Y él se diferencia: no tiene blog. Lo que parece su blog es en realidad una web que aprovecha el soporte de Blogger pero —enfatiza Pron— es sólo un dosier de artículos. Entonces, ¿qué opinión le merecen los blogs?

En la Argentina el blog fue un instrumento bastante útil y productivo, porque permitió la emergencia de nuevos escritores en un momento, en particular después de 2001, en el cual muchos jóvenes no tenían acceso a la publicación. Sin editoriales que quisieran apostar por ellos, y en un país que tenía la cabeza en otras cosas antes que en leer libros, los blogs crearon redes de comunicación que ayudaron mucho a constituir lo que luego fueron afinidades literarias, amistades e incluso movimientos. Gran parte de la efervescencia de grupos y de lecturas públicas y de pequeñas editoriales independientes y autogestionadas que se vive hoy en Buenos Aires, es también producto de esas afinidades que se establecieron en el período de efervescencia de los blogs. Pero yo no participé de ese período, y quizá sea demasiado prejuicioso y considere que los escritores deben escribir libros.

—Y no blogs.
—Bueno, pueden escribir blogs, desde luego, pueden hacer lo que quieran. Pero yo escribo libros, pienso en términos de libros. Escribo relatos, y tan pronto como tengo una cantidad de relatos empiezo a pensar en qué clase de vínculos más o menos sutiles se establecen entre ellos y de qué modo podrían funcionar como un todo. Es decir, pienso en términos de colecciones y no de entradas. El carácter acumulativo de los blogs además me parece un poco desconcertante. Lo que no invalida, como digo, que haya escritores que puedan hacer un buen uso de ellos.

—¿Tenés una imagen de cómo te gustaría que te vieran en el futuro?
—En los años de la búsqueda de la voz como autor, creo que me imaginaba a mí mismo como el escritor que soy ahora. Pero no tengo ahora una imagen de mí a futuro. Un escritor es alguien que está naciendo y muriendo para los lectores con cada nuevo libro. Espero continuar en ese estado de perpetua transformación durante algún tiempo, escribiendo los libros que quiero escribir y encontrando complicidades con lectores, que es lo más importante de todo el asunto.

Si pensamos bien en la literatura —dice Pron, y es el final de la charla— vemos que es una especie de oficio ridículo, porque supone convertir un vicio privado, el de la mentira, en una virtud pública. Además es una tarea trabajosa y mal paga en la mayor parte de los casos. Y, desde luego, choca con una gran ingratitud. Los escritores buscamos verdad y sentido en un mundo que carece de ambos, y los ofrecemos con manos temblorosas a lectores que no quieren nada de eso. Y tienen toda la razón del mundo. Edipo salió en busca de la verdad y acabó ciego después de haber matado a su padre y haberse acostado con su madre: nadie quiere eso a la hora del desayuno en su casa. Pero algunos no aprendemos de esa experiencia histórica y seguimos escribiendo libros. Y yo espero seguir haciéndolo durante algún tiempo.

23.7.09

Demasiados ausentes para una situación dramática

Un comentario sobre "Cáritas in Veritate", por Marcelo Ciaramella,
sacerdote en Quilmes (Argentina) y licenciado en Ciencias Sociales y Humanidades

El título ya refleja mi sensación primera al leer el reciente documento papal sobre el desarrollo humano integral. La situación del mundo, esto es humanidad y entorno, se acerca al límite donde el tiempo para revertir la crisis se convertirá en cuenta regresiva.

Mis expectativas. ¿Qué esperaba que dijera un documento que intentaría reflejar una mirada cristiana del desarrollo humano? Esperaba un clamor urgente, más que una reflexión rica y valorable. El tiempo no está a favor. Esperaba una reflexión sobre la verdad, pero no como un monopolio de la fe católica, sino como una sinfonía que nace en la pluralidad para llegar a la unidad. Hubiera esperado alzar la voz contra la injusticia, la desigualdad, el genocidio y el ecocidio, en favor de los pobres de la señalando causas y causantes, obviando generalizaciones que parecen culpar por igual a víctimas y victimarios. En realidad hubiera esperado un documento interreligioso, intercultural, profético, esperanzador sobre la situación del mundo y con un llamamiento enérgico al cambio, ofreciendo caminos, denunciando maldades y omisiones, autocriticando el lugar que deberíamos asumir como Iglesia, llamando a gestos concretos de resistencia pacífica a la violencia del capitalismo liberal.

¿Sin ideología? La mirada del documento sobre el proceso de desarrollo mundial actual, intenta ser una mirada humanista, moral y no ideológica, según sus palabras. ¿Se puede prescindir de la ideología al analizar una realidad? No tener ideología, es tenerla. Decidir no hacer política, es hacerla. Está agotado el argumento de que la Iglesia no hace política o no se mete en política. No es realista pretender un análisis sin ideología. De hecho la mirada sobre el desarrollo económico es neoconservadora, con términos que pueden interpretarse "progresistas" (que hoy en día vaya uno a saber bien lo que es). Es llamativo ver el análisis periodístico. Cada medio ha interpretado palabras y términos según con que prisma lo haya visto. Para unos es progresista, para otras es nada, para otros es de derecha, para otros es una encíclica de izquierda de un papa conservador.

La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer. Esta es una expresión textual del documento. Es curioso que los documentos sobre bioética o moral sexual ofrezcan a menudo soluciones técnicas, minuciosas en muchos casos, y las apreciaciones sobre moral económica o social, no. No se entiende por qué se utilizan dos métodos diferentes en estos dos ámbitos de la moral. En realidad no soy partidario de que los documentos ofrezcan soluciones, sino aportes desde nuestra visión cristiana para el diálogo con otras opiniones que habría que escuchar también. Algunos documentos parecen hablar desde algún lugar neutral que lo pone como más allá de la experiencia cotidiana de la vida en el mundo.

Demasiadas ausencias. En mi opinión hay algunas omisiones importantes dado el tema y la urgencia.

a) El capitalismo: Los obispos españoles interpretaron la no mención del capitalismo (y del socialismo, que tampoco es nombrado) como muestra clara -según ellos- de la prescindencia de las ideologías para analizar la situación actual haciendo el hincapié más bien en los valores morales. A mi juicio no se puede obviar al capitalismo, ni a su desarrollo histórico, ni sus distorsiones o perversiones, ni a su esencia que excluye toda moral, para analizar la situación actual. Creo también que no se pueden analizar algunos fenómenos contemporáneos como el de la globalización, sin conectarlos con el capitalismo neoliberal. Para el documento tanto el mercado como la globalización no son ni buenos ni malos, todo depende de cómo se usen. Las relaciones entre mercado y Estado no son de fácil resolución y el documento da por sentado que está resuelto con una ética que desembocaría en un mercado “más justo” y por eso hay que intentar darle un control de parte del estado y una moralidad. Exculpar a la globalización y el mercado como si fueran neutros y desconectados de su origen me parece desacertado. Pedirle justicia al mercado es pedirle “peras al olmo” como reza el refrán popular. La carta encíclica “El desarrollo de los pueblos” (Populorum Progressio) que el presente documento rememora 42 años después, citó con toda claridad al capitalismo abonado por “un liberalismo sin freno que conduce a la dictadura” (PP 26)

b) Los espacios de elaboración de un nuevo paradigma económico-social: No hay mención alguna de los múltiples espacios de reflexión y búsqueda de un nuevo paradigma que supere al modelo capitalista neoliberal incorporando el cuidado y regulación de los recursos de la tierra. Sociedad del trabajo, ecosocialismo, socialismo del siglo XXI, un mundo donde quepan muchos mundos y tantos otros son los nombres de estas búsquedas representadas por el Foro Social Mundial, los movimientos antiglobalización, los movimientos sociales, los pueblos indígenas, etc. Ni se los menciona ni se participa eclesialmente en ellos. El documento silencia estos procesos de búsqueda, aprendizaje y reflexión y propone una y otra vez una moralidad del desarrollo, del mercado, del comercio, de la política. Tal vez porque le otorga validez a un sistema pervertido y –a mi juicio- sin posibilidades de regeneración. Me pregunto: ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Cómo se "moraliza" algo que ha nacido y crecido sin moral? ¿Cómo aceptaría el capitalismo neoliberal, representado por los organismos financieros y los países desarrollados, una ética humanista o cristiana que equivaldría a su extinción? Recordé una expresión del sociólogo francés Edgar Morin: "Hay que pensar de nuevo al desarrollo para poder humanizarlo. ¿Cómo integrar la ética? No se puede hacer una inyección de ética como se hace una inyección de vitaminas en un cuerpo enfermo. El problema de la ética es que debe encontrarse en el centro mismo de este desarrollo”. Hay que replantear el desarrollo partiendo de una ética, no es posible llenar de ética a un sistema que la considera una amenaza para las ganancias. Pero lamentablemente la Iglesia diríamos “oficial” (no así muchos cristianos) está ausente de los espacios de reflexión y elaboración de nuevos paradigmas quizá porque cree que basta hacer correcciones al presente modelo para “humanizarlo”. ¿Se puede humanizar un monstruo?

c) La relación entre libertad e igualdad. La igualdad de derechos entre seres humanos es hoy indiscutible. La libertad es un bien de inapreciable importancia. Para que haya igualdad debe haber límites y barreras al ejercicio del poder político y económico, restringiendo así la libertad. Pero demasiados límites al poder pueden llevar a un exceso "despótico" de las mayorías. Moraleja: mucha igualdad puede afectar la libertad. Más vale libertad con un poco de desigualdad. Cuanto más democracia, más peligro para la libertad. Libre comercio, libre mercado, libre flujo de capitales, más desigualdad. Esta discusión cobra relevancia al mirar la desigualdad crónica que subyace al desarrollo en el capitalismo como si éste no tuviera la capacidad potencial de igualar la condición de vida de la humanidad. El documento habla de la necesidad del desarrollo con igualdad. Pero no menciona al liberalismo como raíz de de la no valoración de la igualdad distributiva. Populorum Progressio sí lo explicita con claridad: “los países industrialmente desarrollados ven en ella (la regla del libre cambio) una ley de justicia. Pero ya no es lo mismo cuando las condiciones son demasiado desiguales de país a país: los precios que se forman "libremente" en el mercado pueden llevar consigo resultados no equitativos. Es, por consiguiente, el principio fundamental del liberalismo, como regla de los intercambios comerciales, el que está aquí en litigio”. (PP 58)

d) El Reino de Dios. En la eclesiología posconciliar el Reino de Dios es la razón de ser de la Iglesia. En la predicación de Jesús es indiscutible la centralidad del Reino. Este símbolo polifacético con el que Jesús anuncia la vigencia de la alianza de Dios con la humanidad, de su proyecto de humanidad nueva presente en su propia vida, no es mencionado. El Concilio Vaticano II y en especial el documento “Anunciando el Evangelio” (Evangelii Nuntiandi) de Pablo VI resaltan esa presencia del Reino que no es mera liberación humana sino obra de Dios; no es solo histórica sino también esperanza futura; no es abstracto o desencarnado sino un mundo nuevo realizado desde la comunidad de creyentes en diálogo con la humanidad. Un término tan neotestamentario y posconciliar como escurridizo en los documentos de la Iglesia de estos tiempos.

El ángulo de observación del documento parece ser elevado, de sobrevuelo, haciendo equilibrio entre realidades evidentes no nombradas y un reflexión válida pero inocua; entre las cosas como son y una especie de de temor diplomático a herir susceptibilidades. La responsabilidad de la situación de emergencia planetaria y humanitaria, con un sexto de la población mundial bajo hambre es claramente del capitalismo liberal, la economía de casino, y la dictadura del mercado encarnada en los países desarrollados y los organismos financieros internacionales de modo preponderante, aunque haya una multitud de otras influencias.

Desde abajo, desde el llano, desde el Reino y los pobres la situación es dramática y clama al cielo. Pide un cambio de paradigma y no meras correcciones. Pide un resarcimiento de los daños ocasionados a la humanidad. No podemos aceptar que el deterioro de la vida de los seres humanos haya sido un error de cálculo. Nos pide a los creyentes involucrarnos en esa construcción ubicándonos con claridad en alguna parte. De parte de los pobres de la tierra, creo sin dudar.

1.1.09

Los 90 del cazador oculto

J. D. Salinger –Jerry para sus (escasos) amigos– no leerá este artículo, por supuesto. No leerá tampoco ninguno de los miles que en todo el mundo se publican hoy en ocasión de su cumpleaños número 90. Pero, a la distancia, desde su retiro voluntario de las afueras de Cornish, una pequeña ciudad en el estado de New Hampshire, nos despreciará a todos los que nos dedicarnos a escribir sobre él. Ese es el destino que eligió este escritor, uno de los más grandes que dio la literatura de Estados Unidos en el siglo XX, mito viviente que lleva décadas recluido, sin hacer apariciones públicas ni dar a la luz –ni a la legión de lectores que lo adoran– nuevos textos.

El cumpleaños, sin embargo, no pasará inadvertido para esa legión. Esos que, por ejemplo, dicen en un grupo de Facebook: “Todavía no sé por qué se suicidó Seymour Glass”. Los que no pueden evitar pensar en este personaje –el eje central de gran parte de la obra salingeriana publicada– cada vez que Seymour Skynner habla de su participación en una guerra (la de Vietnam). Los que releen incansablemente los cuatro volúmenes que Salinger nos legó, los que eligió dar a la imprenta, antes de decidir que “eso de publicar es un fastidio” y que “más le valdría al pobre imbécil que se deja atrapar por esa cuestión pasearse por la avenida Madison con los pantalones bajados”.

Esa es su opinión, si es que hemos de creerle a Joyce Maynard, la escritora norteamericana que vivió una traumática historia de –digamos– amor con Salinger, cuando ella tenía 18 años y él 53. El libro de memorias de Maynard, At home in the World (editado en español como Mi vida), cuyo episodio central consiste en ese romance, es uno de los textos a los que los fanáticos de Salinger acuden en busca de algo sobre él.

Y es que hay tan poco que el síndrome de abstinencia es muy fuerte: una biografía de Ian Hamilton, In Search of J. D. Salinger, que el propio Jerry podó por medios judiciales hasta el punto de hacerla decir poco y nada; otra biografía, escueta y pobre (Dream Catcher: A Memoir, traducida como El guardián de los sueños), escrita por su hija Margaret; el libro de Maynard, y los datos de fichero que aporta la Web: que nació el 1 de enero de 1919 y se crió en el seno de una familia judía de Nueva York, que combatió en la Segunda Guerra Mundial y formó parte del desembarco en Normandía, que publicó sus primeros cuentos en The New Yorker a fines de la década del 40…

UN CHICO EXTRAORDINARIO

Su libro más famoso es una novela, la única que publicó: The Catcher in the Rye, traducido como El cazador oculto (y también como El guardián entre el centeno). Narra el aprendizaje de Holden Cauldfield, un muchacho que se pierde en Nueva York y durante tres días tiene diversos encuentros en la ciudad. Desde esas primeras páginas, Salinger dice quién quiere ser: el personaje nos aclara que no quiere ponerse a contar “todas esas idioteces a lo David Copperfield”, porque lo aburre. Salinger tiene claro que no tiene intenciones de parecerse a Dickens. Sus parámetros son otros: Francis Scott Fitzgerald, Ring Lardner, Ernest Hemingway. Considera que tiene más talento que ellos, y además es más joven.

Eso se lo decía en una carta de la década del 40 a su antiguo profesor de escritura Whit Burnett. Esa carta, al igual que muchas otras de Salinger (un total de unas 200 páginas), se encuentra actualmente en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. En otra, dirigida al mismo Burnett y a Hemingway, cuenta que tiene varios cuentos y trabaja en una obra de teatro sobre “un chico extraordinario llamado Holden Caulfield”.

Rodrigo Fresán dice que hay muchos Salinger: un Salinger para todos (el de El cazador oculto), uno para alumnos de talleres literarios (Un día perfecto para el pez banana), uno para new age (Franny y Zooey) y un Salinger para Salinger (Seymour: una introducción). Como si su obra hubiera ido oscureciéndose, en previsión del momento en que el autor decidiera seguir escribiendo cada día –como dicen que sigue haciendo– pero guardarlos en una caja fuerte guardada dentro de la gran caja fuerte que es son su casa y su vida.

No cuesta nada imaginar un escenario: el día siguiente a aquel en que los medios anuncien la muerte de J. D. Salinger, sus hijos y demás herederos salen a decirle al mundo que hay cientos, miles de páginas inéditas para publicar, para beneplácito de lectores, editores y sus propias cuentas bancarias. Aunque tampoco es difícil imaginar que Salinger queme o haya quemado todos sus papeles (y a él sí que no lo vemos dejándole el encargo a un Max Brod complaciente). Y tampoco se puede descartar que en realidad no haya escrito nada más. Porque no le diera la gana, a lo Juan Rulfo.

AÑOS

En cualquier caso, la respuesta, si llega, llegará cuando el viejo Jerry decida terminar de irse de este mundo. Pero ¿cuánto falta para esto? Nadie lo sabe, pero tal vez mucho. Salinger, según cuenta Maynard, aspiraba a vivir 120 años, para lo cual se alimentaba con una dieta repleta de prohibiciones y compuesta casi exclusivamente por nueces, pasas, hortalizas, algunas frutas, palomitas de maíz y carne triturada de cordero, que se cocinaba durante un tiempo preciso a exactos 65 grados. Si el régimen surte el efecto esperado, habrá que esperar hasta 2039 para saber el final de la historia.

¿O puede haber otro desenlace? Parece difícil: cuando no es el propio Salinger el que hace todo lo posible para evitar que algo de su vida se haga público, como en el caso de la biografía de Hamilton, se activan otros sistemas de defensa. Peter Norton, el creador del famoso antivirus que lleva su nombre, pagó en 2002 más de 150 mil dólares por las cartas de Salinger que Joyce Maynard decidió subastar; las compró para devolvérselas al escritor o “para hacer con ellas lo que él desee”.

Mientras, los miles de fanáticos que en todo el mundo hacen de El cazador oculto y sus demás libros best-sellers constantes sueñan con una aparición como la del personaje de Sean Connery en Descubriendo a Forrester, película inspirada en su vida. Se imaginan la sorpresiva aparición pública de un anciano muy delgado y de pelo blanquísimo señalando la vieja foto de un muchacho con ganas de llevarse el mundo por delante, y diciendo: “Soy J. D. Salinger. Aquel que está allá”. Pero de los aplausos que vendrían después, el viejo Jerry, a sus 90 años, no quiere saber nada.

28.12.08

Entrevista a Leopoldo Brizuela: "Cuento historias para entenderlas, para comprender"

Acaba de cumplir 40 años y es reconocido como uno de los mejores narradores de su generación. Saltó a la fama literaria cuando ganó en 1999 el Premio Clarín de Novela. Pero Brizuela es mucho más que Inglaterra, una fábula, la obra ganadora de ese concurso. Nos recibió en el departamento de Villa Elisa en el que vive desde hace unos años, y habló de sus búsquedas, su estilo, sus miedos, los indios, de la Argentina y de su último libro, Los que llegamos más lejos, publicado por Alfaguara el año pasado. "Cuento historias para entenderlas, para comprender", define el escritor: esta entrevista es como una mirada, un asomo apenas, al tan rico entramado secreto de su literatura.

-Hay un concepto que en tus obras se repite muy insistentemente, que es el de la comprensión. Me llamaba la atención, porque la idea que parece subyacer es que no puede alcanzarse la comprensión, o se la alcanza muy cerca de la muerte, o tiene una relación muy cercana con la muerte. ¿Te parece que es así?

- Sí, la comprensión absoluta no creo que exista. Lo que pasa es que yo en realidad juego con esos conceptos y al escribir uno no sabe bien adónde va. No es que yo tenga una teoría demasiado clara; y cada vez la tengo menos. Voy manejando ciertos tópicos, pero no es que tenga una idea muy clara de lo que voy a decir. Hace poco, en Australia, una tarada hizo un análisis sobre mi obra, Inglaterra, y ponía que yo era un posmoderno porque escribo historias que otros vivieron, como que mi tarea es escribir la experiencia de otros. Parece que eso es posmoderno. Yo la verdad que creo que siempre escribo la historia de mis abuelos. Te quiero decir: otros ven como conceptos teóricos lo que en mí es natural. Pero creo que son dos cosas: lo de la comprensión pasa porque, como dice Griselda Gambaro, es necesario entender un poco. Entonces, me parece que no hay peor infelicidad que la de no entender para qué está uno, la de no saber qué hacer con su vida. Lo que te puedo decir con todo esto que estoy balbuceando, es que los personajes míos nunca buscan la felicidad: buscan entender. Me parece una cosa mucho más profunda que buscar estar contentos o sentirse satisfechos. Es la búsqueda de un sentido.

-En muchos casos buscan una revelación también, una revelación que esclarezca el destino.

-Una experiencia, sí.

-En el último libro, en uno de los cuentos, hay una madre y una hija que después de 50 de un naufragio al que sobrevivieron, cuentan su historia.

-Ese cuento me gusta mucho.

-Y en el relato se dice que no lo cuentan porque lo entendieran, sino que lo cuentan para entenderlo. Me da la impresión que vos también contás historias…

-…para entenderlas, sí. Porque además el hecho de escribir es una experiencia, y como toda experiencia, uno cambia después de escribir. Por eso también me cuesta tanto o soy reticente a definirme. Después que gané el Premio Clarín me hicieron muchas entrevistas. Vos tenés que ir y empezar a contestar todo lo que te preguntan. Y me doy cuenta de que, sobre todo las preguntas que vienen a definirte en términos de literatura, son contraproducentes. Porque si yo empiezo a escribir una novela es porque quiero cambiar; entonces la propia experiencia de escribir me vuelve otro. Cuando yo termino de escribir una novela no soy el mismo que la empezó. Pero cuando la publicás te preguntan como si fueras el mismo que la escribió. Entonces es como si durante mucho tiempo yo hubiera contestado como si fuera el mismo que escribió Inglaterra, como si yo pensara lo mismo. Hasta que en un momento me di cuenta y dije: no, no soy el mismo. Es como si uno estuviera cambiando todo el tiempo y las preguntas, tanto de los periodistas como de la crítica sobre todo, o de las encuestas, si uno no se cuida te inmovilizan. Y eso es muy peligroso, sinceramente es muy peligroso.

-Siendo que los temas de alguna manera se repiten, los escenarios, la Patagonia, los indígenas. ¿No tenés miedo de que te encasillen como "Leopoldo Brizuela es el que escribe sobre indios y la Patagonia"?

- Sí. Claro que tengo miedo. Pero eso es algo muy profundo que uno siente. Porque por ahí, todos los libros de Saramago uno los puede ver más o menos parecidos pero seguramente él siente que cada uno distinto. De lo que hablo es que yo tengo que sentir que cada uno es distinto; no me importa si después todo el mundo cree que es lo mismo. Pero siento que tengo que estar cada vez más cerca de algo que es secreto. Yo siento por ejemplo que lo que estoy escribiendo ahora está más cerca del secreto mío de lo que estaban los libros anteriores. A lo mejor después es igual, pero uno tiene que sentir que lo que está escribiendo es algo que no escribió antes. Por lo menos me pasa a mí. La verdad que no puedo entender la gente que puede escribir repitiéndose.

-El mercado a veces lo exige.

-El mercado también tiene una mecánica parecida, porque si a uno le va bien con un libro, lo que esperan es que te repitas. A un director al que también le encantó un libro, también quiere que te repitas. Y uno quiere todo lo contrario: cuando yo siento que me estoy repitiendo, en realidad yo no disfruto más de lo que escribo. Y si no disfruto, por un lado no puedo escribir y por otro lado siento que soy muy deshonesto. Es como si todo te pidiera que te repitieras y vos por un lado sabés que repetirse es matar el placer.

La música de las palabras

"Nunca sé -explica Brizuela- cuándo hablo yo en la escritura. Yo creo que estoy menos en las palabras que en el armado. No estoy detrás de ninguna de las palabras textuales".

-¿Te sentís más cerca del armado de la historia en general que de las palabras?

-Lo que quiero decir es que lo que opino cuando escribo está mucho más acorde con las historias, con lo que armo, que en las propias palabras de mis personajes, o de los narradores. Quiero decir: yo por ahí a un personaje le hago decir: "Qué lindo está el tiempo", y hago que llueva. No digo: el personaje está equivocado.

Brizuela es un escritor reconocido por su capacidad para tratar los silencios, para hablar de lo que pareciera que no se puede hablar. Además, parece un tipo silencioso. Aunque luego de la reticencia inicial se va soltando con el correr de la charla. Habla pausado, meditando largamente cada frase. Así escribe: su estilo es minucioso, prolijo.

-Lo que se nota es un cuidado especial por cuidar cada frase.

-Sí, pero eso me sorprende porque me parece que tendría que ser todo el mundo así. Pareciera que cuando está bien escrito, se nota demasiado, y no se tendría que notar. Además en mí hay un sentimiento muy profundo de la literatura como música. Un cuidado de la prosa, de la masa sonora de la lengua. Lo que yo escribo es muy musical, y es musical antes de ser significado. Esto también lo decía Virginia Woolf, creo que todos los sentimos: uno siente que antes de las palabras va trabajando con ese ritmo, y que se van poniendo las palabras de acuerdo a la música. Creo que es eso lo que impresiona, más que cuidar otra cosa. A lo mejor es lo que percibe la gente. Cuido la musicalidad.

-En muchos casos pareciera que las historias están escritas para ser leídas.

-Sí, sí. Porque son orales. Esto es muy interesante. Porque inclusive hay un tono muy cercano a la literatura oral. Y la literatura oral aparece mucho. A veces construyo teorías y tengo miedo de que sea un poco idealizado, pero me parece que debe haber algo de eso, que vengo de una familia en la que las historias circulan oralmente, en mi familia no son lectores ni mucho menos. Y la idea del tono un poco alto. Porque además es el tono de las historias que se cuentan. Mi prosa ante todo da la impresión de "te voy a contar lo que le pasaba a la tía en el año '44". Así es.

Indios

-¿Por qué los indios? ¿Cuál es el primer contacto de Leopoldo Brizuela con los indios?

-Es una pregunta rara. Tengo una bisabuela que es india. Mi viejo es muy grande, tiene 87 años, y mi bisabuela debe haber nacido en 1850. Entonces, supongo que por ahí. De todos modos, la cultura argentina presupone que el que aprende a leer ya no es más indio. Pero yo acá en Buenos Aires veo todos los que están en una obra trabajando tienen caras de mapuches. ¿Cuándo dejaron de ser indios, cuando aprendieron a leer? O en una villa… Me acuerdo cuando estaba escribiendo lo de Ceferino, y pasa un pibe en el tren a venderme una estampita de Ceferino, ¡y eran iguales!

A medida que habla el escritor parece ir encontrando poco a poco las respuestas que busca. "De todas maneras -dice-, lo que yo hago no es trabajar sobre los indios. Es trabajar sobre cómo imaginamos a los indios. Lo que yo toco es nuestra incapacidad para imaginar que la otra cultura puede ser distinta. Nosotros o los ingleses. Pero todo lo que se proyecta. No son los indios lo que me interesa."

-De ahí por ejemplo que se llame en los relatos a los indios por el nombre que les ponían los criollos o los ingleses.

-Sí, sí. Bueno, a partir de esa famosa anécdota de Darwin, creo que es Darwin, que le preguntó a un indio: "Yo soy inglés, ¿y vos qué sos?", y él le decía "yagán", y esos son los yaganes, cuando en realidad "yagán" es "yo no entiendo lo que usted me dice". Entonces todo el pueblo se llamó "yo no entiendo lo que usted me dice".

"En realidad no es los indios sino el genocidio. Esa incapacidad de imaginar lo otro, y percibirlo como algo diferente. Eso va de la mano de una voluntad exterminadora. Yo me encontré, después de haber trabajado mucho tiempo con las madres y de haber vivido la represión y la guerra de Malvinas, yo sentí que, un poco como hace Rivera, que podía hablar mucho mejor de los desaparecidos y de todo lo que me había tocado vivir, como una metáfora del genocidio indígena. Y creo que es bastante obvio, cuando hablo de Ceferino, es una especie de hijo de desaparecidos. No porque yo haga una cosa de tesis: voy a decir esto, sino porque yo sé naturalmente lo que puede llegar a ocurrir. La madre era una cautiva, entonces sé lo que puede llegar a pensar, a no pensar, lo que no se anima, lo que le da bronca de los demás, porque bueno, conviví todo el tiempo con eso. Y por otro lado tengo una libertad mucho más grande, porque con respecto a ese tema estamos todos muy controlados. Muy controlados.

-Son muy claras las alusiones en algunos casos.

-Sí, sí, porque además lo hago a propósito.

-Por ejemplo cuando a Ceferino se lo quita de su lugar para darle una educación.

-Lo llevan a la ESMA. Bueno, eso es verdad. No era la ESMA porque todavía no se llamaba ESMA, pero era la Escuela de la Armada. Y duró una semana, eso es cierto. Porque parece que Namuncurá, que era una figura muy extraña, cuando llegó a Buenos Aires le pidió a un milico que lo colocaran en un colegio, y esta persona lo colocó ahí. En la Escuela de la Armada.

-Inclusive en un párrafo, que es donde se menciona la ESMA, aparece también la palabra "obreros" y la Plaza de Mayo.

-Ah, eso no lo pensé. Pero por ejemplo Inglaterra, que la escribí en el 94, en la escena final, cuando están todos los chicos indios que se están muriendo y entra la chica que tiene la Misión a cargo, y el otro personaje le dice: "Son los hijos". Cinco meses después se fundó HIJOS, la agrupación. Y yo lo dejé. Fue muy impresionante.

-Claro, vos lo pusiste antes.

-Sí. Después lo empecé a corregir, pero eso lo dejé.

Los años del terror

Leopoldo Brizuela nació en La Plata en junio de 1963. Su primer galardón literario lo obtuvo en 1977. La leyenda cuenta que lo escribió y lo presentó en secreto. "En realidad, nunca le muestro a nadie lo que escribo", dice él. La pregunta apunta a si con esos jóvenes 14 años era conciente de lo que sucedía en el país por entonces.

-No, yo no estaba tan conciente, y nadie lo estaba. Es uno de los temas que me apasiona, y que trabajo en mi literatura. Yo estoy completamente seguro de que todos sabían. Pero la forma de saberlo es muy complicada.

-¿Vos cómo lo viviste?

-Por ejemplo, es el día de hoy que yo no puedo salir sin documentos, porque sé que si no estoy desaparecido. A mí me llama la atención que gente más joven salga sin documentos, porque si te agarran sin documentos… porque a mí me pasó, en el año 76. Otro ejemplo: no puedo pasar por delante de un edificio público, por la vereda, porque no se podía, te bajaban de un tiro. Entonces esos son saberes. ¿Por qué uno en esa época sentía eso? Porque sabía que en algún lado no eras más. Y después porque en La Plata fue feroz. Ahora, no sería verdadero si yo dijera que me ocultaba por eso, no lo sé. Porque además era un grado de alienación muy extraño para sobrevivir. Yo me acuerdo viendo la tele, mi vieja ahí al lado mío y las balas en la puerta. Y bueno, sí, era un poco horroroso, pero no es como pensarlo ahora; era como acostumbrarte, como tratar de sobrevivir en una cosa espantosa.

-Es un poco lo que trabajás en tus libros.

-Lo que yo estoy trabajando es por un lado para entenderlo y por otro lado para que nunca pierda la violencia. A mí me gusta pensar por ejemplo, lo que dice Primo Levi,: el que murió no es lo mismo que el sobreviviente. Es una cosa que nunca se va a poder recuperar. No es ni mejor ni peor, pero es una cosa distinta. Y eso me interesa, girar alrededor de un silencio. Bueno, creo que todas mis obras son eso.

-¿Considerás que es casi ineludible este tema en los escritores de tu generación?

-Sí, sí. Creo que está en todos, incluso en los que menos parece. Por eso, también es cierto que con la dictadura tan feroz surge todo este tipo de movimientos, que me interesan mucho más que los partidos políticos, a los que primero les pasó como experiencia una cosa tremenda y de ahí se recompusieron. De última, a todos mis personajes les pasa eso. Como que están atravesados primero por la historia: la historia los hace pelota y tienen que entender después para reconstruirse. Pero esa reconstrucción es de una manera nueva. Lo cierto es que creo que la política está en todos nosotros. En algunos casos mucho más, como en (Marcelo) Birmajer, mucho más visible y a la antigua, digamos. Birmajer es un tipo que a mí me encanta. No está en mi posición política, pero trata todo el tiempo de poner el dedo en la llaga en esos lugares comunes políticos, y en esas cosas que no nos animamos a pensar. En Pablo de Santis la sensación post-genocidio está todo el tiempo; y mucho más, aunque él no lo crea, en imágenes concretas. En los títulos: "El teatro de la memoria", por ejemplo. Estamos muy atravesados por eso. Todo eso es muy obvio.

-En ese caso se puede decir que lo cuentan para tratar de entenderlo.

-Sí. O porque somos eso, ¿no? Porque somos eso. Sí, para entenderlo creo que sí. Porque además está la idea, por lo menos en lo que yo escribo cada vez más, la idea de que la historia no es el pasado. El pasado no existe. La historia es algo que uno tiene en la cabeza y es una entidad del presente también, es una representación del pasado. Entonces si vos modificás una cosa de la historia concreta, también cambia el presente. No es una cosa del pasado unívoco. Y ese pasado opera en mí. La idea que yo tengo del pasado me condiciona ahora, por ejemplo, al momento de saludar a mis vecinos o no.

Con 40 años recién cumplidos, esa edad en la que un escritor puede alcanzar la madurez, Leopoldo Brizuela es un narrador consagrado, un artesano de la palabra reconocido por propios y extraños. Escribe para entender. Y ahí va: edificando el presente, haciendo su propia historia.

Entrevista a Griselda Gambaro: "Antes de hacerlo, no sé cómo se escribe una pieza de teatro"

-Cuando uno escucha su nombre, lo primero que le viene a la mente es el teatro. ¿Usted se considera antes dramaturga que novelista?

-No, no. Yo siempre alterné la dramaturgia con la narrativa, incluso empecé con la narrativa. Mis primeros libros fueron de narrativa. Tengo una inclinación especial, además, por ese género. Solamente que la dramaturgia me hizo más conocida. Fue más acelerado el proceso de conocimiento de mi trabajo a través de la dramaturgia.

-¿Usted cree que las obras de teatro se tienen que representar inmediatamente de escritas?

-No inmediatamente, pero tienen menos tiempo de espera que la narrativa. Una novela puede esperar. De hecho, en la historia ha sucedido que una novela espere su tiempo muchas más veces que en el teatro. Aunque también en el teatro ha sucedido, pero el teatro tiene como una urgencia del escenario, necesita verse corporizado, en un espacio determinado, con un tiempo acotado. Tiene otras urgencias, necesita la comunicación casi inmediata con el público. Mientras que eso con la narrativa creo que no pasa.

-¿Le gusta presenciar las representaciones de sus obras?

-Si es una obra inédita, sigo los ensayos lo más que puedo, y voy a lo que se llama el ensayo general y al estreno. Pero después no. En ese momento ya se acaba un poco para mí. Ya está.

-¿Le pasó de no quedar conforme con una representación o con una puesta en escena?

-Sí, por supuesto. Pero esos son los riesgos del teatro. Una obra puede caer en manos de un director que no tenga coincidencia con lo que propone la obra, con el pensamiento de la obra. O puede ser también mal director, y entonces se produce un fracaso... Por ahí puede ser un éxito de público, pero para el autor es un fracaso. Pero acepto que las puestas pueden ser muy diferentes de la idea original que yo tengo cuando lo escribo: ahí hago mi propia puesta. Pero después cuando pasa al escenario es otro quien decide, es esa creatividad especial que se da en un escenario.

-¿Y eso le pasaba más antes que ahora?

-No, no... Además yo no me quejo, he tenido buenas puestas de parte de directores. No es que el director cambie la obra, sino que tiene forzosamente que cambiar el texto, tiene que darle otra proyección que es la escénica. No es eso, sino cómo cambia. Y eso esporádicamente pasa, de vez en cuando. Me equivoco yo, por lo general... siempre, no por lo general, siempre soy yo quien elige los directores de escena. Y puedo equivocarme. De hecho, me he equivocado, pero no con tanta frecuencia. Yo he trabajado mucho tiempo con Laura Yusem, que ha hecho muchas de mis obras, ya es como un elenco de trabajo que tengo con ella. Y también he trabajado con Alberto Ure, con Alicia Zanca, con Roberto Villanueva.

-La dictadura es un tema que en la literatura vuelve todo el tiempo. En su obra aparece de muchas formas distintas. Un libro suyo, por ejemplo, Ganarse la muerte, se reeditó acá después de que la dictadura lo censurara. ¿Aparece concientemente este tema?

-Uno trabaja con los datos de la experiencia, así que no necesita tener un propósito deliberado de escribir sobre la dictadura, sobre la historia, sobre tales personajes... Si esos datos de la experiencia sirven a la hora en que uno está escribiendo, los usa. No hay ninguna intencionalidad previa a la obra misma o a lo que pide el texto.

-Con respecto a la recepción de esas obras, que tienen que ver con la dictadura, ¿usted siente que tienen hoy más fuerza, o que son recibidas diferente, respecto de cómo fue en otro momento?

-Yo creo que en Dios no nos quiere contentos se habla de la dictadura, en Ganarse la muerte se anticipa... Si se reciben mejor, yo no lo puedo saber, porque a partir del 96 ó 97, que yo empecé a publicar mi narrativa que la tenía bastante abandonada, tengo algo así como "mis lectores". Son obras que van saliendo. No como best-seller, naturalmente, pero van saliendo poco a poco. No sé si eso se produce porque hay interés en los temas o porque la gente me conoce más y se interesa por mi narrativa.

-¿Cuáles son las principales diferencias que se dan en usted en el proceso de la escritura al sentarse a escribir teatro y cuando escribe una novela?

-Nunca sé. Nunca sé, realmente, por qué una idea o una imagen se me presenta para ese tiempo más lento que es la narrativa, o bien me pide ese espacio más acotado que es el escenario. Nunca sé cómo, pero lo sé.

-Cuando tiene una idea, usted ya sabe si va a ser una novela o una obra de teatro.

-Sí. Cuando empecé a escribir, al principio dudaba un poco. De hecho, he escrito algunas páginas de novela, que después pasaron al teatro, o hice adaptaciones de novelas mías, cortas, adaptaciones teatrales. Pero hace muchísimo tiempo que no hago eso. Un poco porque las novelas se han complicado, son más complejas, el argumento es menos lineal, menos cronológico también, con muchas alteraciones de tiempo o de lugar. Entonces sentía que la novela ya estaba ahí, que no me pedía que la pasara a otra forma. No tenía necesidad. Pero lo hice con Las paredes, por ejemplo, o El desatino, que inicialmente fueron novelas cortas.

-¿Lo atribuye a un motivo conciente que las novelas se vayan haciendo más complejas?

-No, porque empecé a escribir novelas aprendiendo. Creo que un aprendizaje eficaz es no embrollar demasiado la trama. Después uno tiene más seguridad en los propios medios. Y también el pensamiento se va haciendo más complejo a medida que uno madura, uno envejece y entonces también eso hace más complejo el material narrativo.

-¿Y cree que aprendió?

-No... Ni siquiera a escribir aprendés. Siempre surgen dudas, y siempre se aprende sobre la marcha. Yo no es que diga "voy a escribir una pieza de teatro". Antes de escribirla, no sé cómo se escribe una pieza de teatro. Lo sé a medida que surge esa idea, y empiezo a escribir, y entonces sí me sirve la experiencia pasada. Pero anteriormente no, no hay seguridades previas.

-Una vez Leopoldo Brizuela dijo que cuando el escritor termina de escribir una novela, no es el mismo, porque justamente la novela implica un aprendizaje. Entonces a veces es difícil consultar a un escritor por el origen de una obra, porque el que responde ya no es el mismo que aquel que la comenzó.

-El oficio de la literatura es un oficio muy difícil. Siempre la palabra, la ficción lingüística, hace oposición al propio deseo del autor o de la autora. No es un material dócil. No es "me siento a escribir y ya está".

-Brizuela siempre habla de usted, la reconoce como una influencia importante. ¿Encuentra esa influencia suya en las obras de él?

-Trato de no buscarla. No me importa. Todos tenemos influencias, el hecho es de qué manera usamos esas influencias, a qué otro estado las pasamos. Yo a Leopoldo lo conozco desde que tenía dieciocho años. Desde su primera novela, Tejiendo agua.

-¿Trabaja mucho actualmente?

-Siempre tengo mucho trabajo. Porque aun cuando uno no escriba, está siempre como escribiendo. Es un espacio vacío, no sobre el papel, sino un espacio de búsqueda, que uno no sabe bien adonde nos va a conducir. Y además, aparte de eso, escriba sobre papel (digo papel porque yo no tengo computadora) o en ese espacio de la búsqueda para escribir, tengo muchas cosas entre manos. Yo he escrito mucho y aparte yo manejo profesionalmente todo mi material. Y eso es como tener un negocio. Por otra parte, Buenos Aires es un lugar con mucha solicitación, muy invasor. Por un lado está bien que una se sienta solicitada, y por otro lado, provoca cierta impaciencia.

-¿La hace sentir un poco agobiada?

-Sí, porque hay que defender el tiempo. La gente te puede admirar mucho, pero no tiene idea del tiempo que se necesita para pensar, para escribir.

-¿Estaba haciendo traducciones?

-Sí, estaba mirando una traducción al italiano de De profesión maternal.

-¿Usted traduce sus propias obras?

-No, yo no las hago, pero las traducciones a los idiomas que conozco, no puedo dejar de mirarlas y corregir lo que haya corregible. Eso tambien es un trabajo agregado.

-Decía recién que Buenos Aires para usted es muy demandante. ¿Cómo ve actualmente el espacio teatral en relación con el espacio literario? ¿Cree que es más vigoroso?

-Se ve más, el teatro. Hace más barullo, tiene más prensa. Yo creo que es eso. No se puede hacer una definición justa, porque habría que hacer un estudio. O ser un poeta.

-¿Cuál es la percepción que usted tiene?

-El teatro pasa por un momento vigoroso. Pero se ven espectáculos buenos, malos, o hechos para estar en el escenario por una cuestión narcisista o comercial. Y de eso se entresacan algunas obras buenas. Y también se publican muchas novelas. A pesar de que dicen que no se leen, las editoriales están publicando muchas novelas. No todas buenas, pero están publicando.

-¿Lee novelas actuales?

-Sí, lo que puedo. No todo. Por ejemplo, leí ahora, con una sorpresa muy feliz, un libro de una salteña, que se llama Gloria Lisé, una novela titulada Viene clareando. Habla sobre la última dictadura, la experiencia de una chica, en Tucumán, lo cual ubica el tema de la dictadura, que siempre fue tratado por los porteños y algunos otros escritores del interior, en otro meridiano. Con este libro, en este pozo que es Buenos Aires, se nos abre el país. Una novela que para mí es muy buena. Naturalmente pasa inadvertida, porque es imposible mover los medios de comunicación para una escritora salteña desconocida. Pero se editó en Buenos Aires por la editorial Leviatán. Creo que es lo mejor que he leído últimamente.

-Dentro de su obra hay una novela especial: El mar que nos trajo.

-Cuenta la historia, apenas inventada, de mi familia, la migración desde Italia, el surgimiento de una estirpe.

-¿Fue una necesidad de contar su propia historia?

-En parte, sí. No por ser mi propia historia, sino porque era una historia que desde que me la contaron de chica, siempre me había gustado mucho. Había despertado mi propia imaginación. Hoy, justamente, buscando papeles viejos, encontré cuatro o cinco páginas que había escrito en el año 72, en primera persona, contando esa historia. Pero nunca encontraba la manera, el cómo contarla. Hasta que mirá cuántos años pasaron. Y de pronto surgió que tenía que contarla de esa manera, como la conté. En tercera persona y con cierta distancia de los personajes.

-¿Por qué vive en Don Bosco? ¿Para salir del agobio de Buenos Aires?

-No. Hasta los veintisiete años viví en la Capital. Cuando me casé estuve uno o dos años más, y después me fui... Fue una cuestión concreta, económica. Es un tema italiano, que yo tardé en hacer porque cuando me casé no podía: ahorrar un poco con lo que uno trabajaba, comprar el terreno. Después hice una casa de un piso, cuando vinieron los hijos le agregué el primer piso...

-¿Le aporta algo literariamente vivir en el Conurbano?

-Me da una tranquilidad que para mí es fundamental. Además no me gustaría vivir en el centro, salir y el ruido, los coches... Yo tengo un jardín, pequeño pero jardín... Hay otro contacto con la naturaleza, el cielo más abierto.

-¿Tiene rituales para escribir?

-Escuchar la radio. Música, nadie que hable, o poner un compacto, música...

-¿Qué música escucha?

-Lo popular... música clásica.

-¿Escribe sobre papel?

-La primera versión la escribo en papel, a mano. Pero enseguida lo paso a máquina porque necesito la claridad. Ahí vuelvo a corregir. Pero paso mucho a máquina.

-¿Corrige mucho?

-Depende. Hay cosas que a la primera salen bien escritas, y hay otras que son más dificultosas.

-¿En estos momentos no está escribiendo?

-No. Estuve pensando un cuento para chicos, ya he publicado el año pasado dos, este año otros dos.

-Usted dijo alguna vez que no es de andar tomando apuntes en papelitos de lo que se le ocurre en algún momento, porque si la idea es fuerte tiene que volver. ¿Se arrepintió alguna vez de no haber anotado algo?

-No, no... porque pienso que si no volvió es por alguna razón. Tal vez era una idea banal. Pasa como con los sueños. Si uno escribe en sueños... a mí a veces me ha pasado de escribir en sueños, y escribir algo perfecto, y después cuando uno despierta, trata de escribir eso, si es que lo recuerda, y no es lo mismo. Así pasa con esas ideas. Yo creo que, ya lo decía Felisberto Hernández, uno tiene que esperar a que nazca la plantita, y que crezca lo mejor posible. Uno no puede acelerar el crecimiento, no puede imponerle a esa plantita su voluntad.

-¿Tiene alguna novela inédita?

-No. Estaba Promesas y desvaríos, pero ya está editada. Lo que pasa es que yo no sé qué sucedió con esa novela, que no tuvo crítica. Se editó el año pasado. Igual, algo se vendió... La que saqué después, que era una reedición, Después del día de fiesta, esa tuvo crítica. Promesas y desvaríos es una novela que continuaba a Dios no nos quiere contentos, yo la iba a editar en el 87, con otra editorial, Argonauta. Pero después vino la hiperinflación, y yo tenía otros trabajos entre manos, y la fui dejando y dejando...

-Allí aparece el mismo personaje: Tristán.

-Sí... Pero los libros hacen su camino. Pueden tardar. Puede ser que uno no vea el camino que hacen. Pero los libros hacen su propio camino, tienen sus propios lectores, por ahí no aparecen hoy y aparecen mañana. No hay que ponerse demasiado ansiosa, ¿no? Esto es lo que no advierto hoy, a veces los jóvenes son muy ansiosos, sacan una novela y ya quieren que esa novela sea exitosa... Pero el camino es muy largo, exige mucha paciencia.

-Camino además azaroso, ¿no? Porque uno no sabe cuál puede ser el destino de un libro, dónde puede encontrar a su lector...

-Claro. Incluso, la perdurabilidad no la sabe. Yo de alguna perdurabilidad tengo idea porque algunas de mis obras, que escribí hace treinta años, se siguen dando. Eso me alegra, que sigan transitando por ahí. Pero es difícil saberlo.

-Pasa un poco también por la vigencia que pueden seguir teniendo ciertos temas, como la violencia.

-Claro, pero siento que en cuanto al manejo del lenguaje, no está solamente la literatura pegada al tema, ¿no? Ahí depende la calidad lingüística, la lírica de ese texto, influyen otras cosas, que hacen a la permanencia de ese texto, o no. Supongo que tienen que tener, eso se ve mucho con las piezas de teatro, tener un sentido que tiene que ser más trascendente, que pueda ser para un mañana y para otro público.

-En ese sentido, creo que en sus obras se logra ese carácter de "ser perdurable".

-¿Perdurable? Bueno, no sé, para la eternidad... es mucho, ja já.

-Sí, es cierto. Pero digamos, en términos humanos.

-Sí, pienso que sí. Es como, por ejemplo, cuando se dan las piezas en otros lugares. Fueron pensadas para la Argentina y para el público argentino, pero bueno, se dan en Francia y no sé, la gente no sé si entiende lo mismo, pero algo le dice esa obra, para que sea representada y que sea vista.

-¿Es un efecto positivo de la globalización?

-¡No, yo estrené en Europa antes de la globalización! Hay una obra mía chiquita, cortita, que se llama Decir sí, que tuvo muchas representaciones. Y yo la vi en Estados Unidos. Son dos personajes, y uno de los personajes lo hacía a lo Woody Allen, con mucho humor. Y la gente se reía y participaba mucho. Así que no... Nos pasa a nosotros, con obras inglesas o norteamericanas o francesas. Seguramente no entendemos lo que entienden o lo que reciben ellos, pero algo nos llega, u otra cosa, por ahí lo enriquecemos con alguna percepción distinta.

-Sí, seguro que hay alguna resignificación. Como también la debe haber, por ejemplo, entre leer Ganarse la muerte en el 79 y hacerlo hoy.

-Claro, claro. Igual, ahí no conozco, no sé tanto qué es lo que pasa hoy y qué pasaba antes. Sé que antes tal vez... Porque Ganarse la muerte tiene mucho humor negro, en la escritura. Lo que sucede es que lo que le pasa al personaje es tan fuerte que la gente no se engancha tanto con ese humor. Por eso es que hoy, como hay más distancia, por ahí funciona más el humor.

-Me acordaba de una escena terrible, que por ahí define un poco esa sensación: en Dios no nos quiere contentos, la de los ancianos del circo, que se tienen que parar uno sobre otro. Creo que define un poco esta cuestión del absurdo, de la tragedia.

-Y creo que tiene humor. La escritura tiene humor: la situación no lo tiene. Y eso no sé si lo aligera o lo hace más terrible.

-Quizás esa escena defina la obra suya, en general.

-Puede ser... Puede ser en algunas obras, no en todas. Pero se da en muchas obras, creo que en la mayoría de las novelas, no tanto en el teatro, donde a veces entro más en una tesitura dramática donde no funciona tanto el humor. Eso funcionaba en El desatino, pero en otras piezas no.

-¿Para el futuro qué proyectos tiene?

-El año próximo voy a editar en Norma, que me está editando mi obras, una serie de cuentos sobre animales, que se llama Los animales salvajes. Y terminé dos obras de teatro, pero no sé... Una por lo menos, no la daré el año próximo por distintos motivos de función. Y tengo otra pieza más breve, que no sé si se estrenará o no se estrenará el año próximo. Vamos a ver.

11.1.06

Wikipedia vs. Enciclopedia Británica: la discusión en los blogs

La discusión acerca de la legitimidad de la Wikipedia y su comparación con la Enciclopedia Británica (debate iniciado por un informe especial de la revista especializada Nature) se ve representada en los weblogs.
Mucho espacio se le ha dedicado a la wikipedia en la blogósfera: la cantidad de links que hay desde los blogs hacia la "enciclopedia libre" es innumerable. Pero algunos artículos publicados últimamente se refieren en particular a estos temas.
En su blog, Martín Varsavsky se hace eco de la discusión, citando el artículo de Nature. "Recuerdo haber crecido en mi infancia con la Enciclopedia Británica. Ahora veo a mis hijos crecer con la Wikipedia", dice el empresario argentino radicado en España, quien define la confrontación en estos términos: "Uno es el esfuerzo organizado de una empresa, otro el esfuerzo caótico del voluntariado".
El blog mexicano alt1040 se hizo eco de la noticia de la escasa diferencia entre la cantidad de errores registrados en la Wikipedia (4) y la Enciclopedia Británica (3), fruto del informe de Nature. Y se queja de que la baja diferencia haya sido "suficiente para que algunos sensacionalistas griten a los cuatro vientos que es un fracaso ".
Alt1040 agrega que "la misma naturaleza de la Wikipedia permite algo que otras les resulta más difícil ofrecer: que los mismos lectores sean los correctores. En la Wikipedia se corrigieron 162 errores por sus visitantes y en la Enciclopedia Británica sólo 123".
También se refiere a la cuestión el blog español NeoFronteras. Agrega datos que hablan del crecimiento impresionante de la enciclopedia virtual: dice que el número de sus contenidos "a umenta a un 7% mensual, mientras que su tráfico se dobla cada cuatro meses". Agrega además que la versión en inglés tiene 45.000 usuarios registrados, se añaden 1500 artículos por día y ocupa el puesto 37 entre las webs más visitadas de Internet.
En el blog Señales de humo, de Patricio Lorente, hay un artículo titulado La wikiteca de Babel que describe detalladamente de qué se trata la Wikipedia comparándola con la Biblioteca de Babel imaginada por Borges.

No todos son elogios
Sin embargo, no todos son elogios para la Wikipedia. El blog español The house of blogs habla de "las falacias de la era informática", y entre ellas incluye lo que llama "argumentum ad wikipediam", que consiste en utilizar la enciclopedia en Internet como el recipiente incontrastable de toda la verdad.
"En vez de tirar de la Espasa, tiramos de la enciclopedia libre", dice el blog . "¿Por qué podemos caer en una falacia? Por la propia forma en que se elabora el proyecto, con contribuciones por parte de numerosos editores que, aunque exista una coordinación, es radicalmente libre. Lo que sin duda es una virtud de los wikis es también su talón de Aquiles".
Otro blog, llamado Lechuga hervida, se refirió a los "abusos de la Wikipedia", haciendo hincapié en los que utilizaban sus artículos como medio para hacer publicidad.
En función de algunos de estos problemas, hace algunos días hubo noticias sobre cambios en la "enciclopedia libre". La Wikipedia "va a empezar a tener controles más estrictos y los autores anónimos no van a poder crear nuevo artículos sino escribir en los que ya existen", dijo Weblog sobre weblogs.
La medida tuvo que ver con la publicación de datos erróneos en un artículo de la enciclopedia. Durante 132 días se sostuvo allí que el periodista norteamericano John Seigenthaler participó del asesinato del ex presidente de Estados Unidos John F. Kennedy y de su hermano Robert, información que resultó ser errónea.
En el blog Servicios-Pro, realizado por los chilenos Alberto Quiroga y Agustín Besoain Romero, hay una entrevista al creador de la Wikipedia, Jimmy Wales. " Wikipedia parte de una idea radical: dar acceso libre al conocimiento universal ", dice Wales, quien agrega que su objetivo es "dar una enciclopedia gratis y libre en su idioma a todas las personas del planeta".
En esa entrevista, Wales dice que la Wikipedia no perjudica a las otras enciclopedias sino que, por el contrario, éstas "son más utilizadas" . "Por ejemplo –dice Wales–, la alemana Brockhaus ha conseguido el 30% más de ventas gracias a la Wikipedia. La Wikipedia hace que se vendan más enciclopedias".
Por la mente de Jimmy Wales también pasó la idea de hacer una versión impresa y otra en CD Rom o DVD de la Wikipedia. Según su creador, el objetivo es que llegue a "los países subdesarrollados donde no hay acceso a Internet de alta velocidad" . El blog Denker Uber se preguntaba si sería la primera vez que "un esfuerzo colaborativo de Internet" llegara al "mundo offline".

Otros usos de los wikis
Los "wikis" tienen en la Wikipedia su mayor exponente, pero no el único. Sus aplicaciones son muy variadas, y por ejemplo la española Josefa Vicente Gonzalez lanzó Marketing.es, su propio proyecto wiki, que está en ciernes pero cuenta ya con 66 artículos.
Otro "wikimedio" también español es Escolar.net, fruto de la unión de diversos sitios y blogs, como por ejemplo Periodistas21.
También hay empresas que trabajan con los wikis. Algunas son mencionadas en un artículo del blog argentino RRWeblogs. La empresa Socialtext, por ejemplo, vende un programa que integra varias tecnologías de colaboración: blogs, e-mail, wikis.
Según Ross Mayfield, presidente de Socialtext, "la ventaja de una tal convergencia es que permite a cada uno expresarse según sus miedos y pasiones" . Y agrega : "Los blogs son para las voces individuales y los wikis, para las voces de grupo".
"¿Se debe confiar en una enciclopedia que evoluciona como un organismo o en una que fue diseñada como una máquina?", se preguntaba hace algunos días George Johnson, escritor norteamericano especialista en científicos. El organismo sería la Wikipedia, que va evolucionando con el tiempo. La máquina, la Enciclopedia Británica, creada por especialistas. Todavía falta mucho para que alguien diga la última palabra.

2.1.06

Texto completo en que Pepe Eliaschev denuncia que levantaron su programa

Por PEPE ELIASCHEV (para el diario El Día de La Plata, 2/1/06)

A las 20,05 del viernes 30 de diciembre 2005, cuando acababa de concluir mi último programa del año con un mensaje a los oyentes y una promesa de reencuentro con ellos a partir del lunes 2 de enero, la Directora General de Radio Nacional, Adelina Olga Mona Moncalvillo, interrumpió sus vacaciones para informarme por teléfono que mi programa "Esto Que Pasa" había terminado y ya no retornaría al aire.
De ese modo, sin darme siquiera la oportunidad de una despedida con los oyentes tras cinco años ininterrumpidos en Radio Nacional, el ciclo fue levantado.
La señora Moncalvillo me aseguró que no hacía otra cosa que responder a explícitas órdenes del Gobierno, que ella "no compartía", que le parecían "equivocadas" y, además, "inútilmente crueles", pero ante las cuales no tenía opción. "Vos sabés cómo son estas cosas", añadió a forma de explicación. Moncalvillo reporta directamente al secretario de Medios, el empresario mediático Enrique Pepe Albistur, que a su vez depende del Jefe de Gabinete de Ministros, Alberto Fernández.
Mi peculiar contrato sin remuneraciones vencía el 31 de diciembre, pero estipula que la voluntad de no renovarlo debe ser anunciada por cualquiera de las partes siete días hábiles de la fecha de vencimiento.
Mi programa permaneció en el aire por Radio Nacional desde el 1º de enero de 2001 hasta el 30 de diciembre de 2005, durante la gestión de varios gobiernos. Sólo el del Dr. Néstor Kirchner tomó la decisión de levantarlo del aire.
El pasado 1º de diciembre mi ciclo había cumplido dos décadas de existencia continua. Comenzó el 3 de diciembre de 1985 y, luego de los primeros cinco años en Radio Splendid, permaneció en Radio del Plata de 1990 a 2000.
En la semana de festejos por los 20 años de mi programa, me llamaron y salieron al aire para felicitar por el hecho los ministros Carlos Tomada y Ginés González García; el secretario de Cultura de la Nación, José Nun; el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra. También lo hicieron el ex presidente Raúl Alfonsín, el ex Jefe de Gabinete Rodolfo Terragno, y notables figuras de la cultura como Sergio Renán, Magdalena Ruiz Guiñazú, Alejandro Dolina, Adrián Paenza, Beatriz Sarlo, Daniel Rabinovich, Nelson Castro, Damián Szifrón y Jairo, entre otros.
Mi programa y mi trabajo de conducción nunca fueron remunerados con dinero por Radio Nacional. El esquema contemplaba como única contraprestación la posibilidad, a puro riesgo mío, de comercializar una parte de la tanda publicitaria. Todos los gastos de producción periodística del ciclo y los honorarios artísticos han corrido por cuenta de mi productora.
La eliminación de mi programa de la grilla de Radio Nacional es un claro e innegable episodio de crudo autoritarismo y supresión de las opiniones diferentes dentro de los medios públicos. La señora Moncalvillo ya se había quejado hace muy pocas semanas en una entrevista con un diario que yo "los mataba" con mis comentarios a quienes ocupan el gobierno.
El gobierno de Néstor Kirchner repite así el esquema de oficialismo burdo que caracterizó a la emisora del Estado en la época de Carlos Menem. Lo hace con una saña llamativa. El gobierno de Kirchner maneja a Radio Nacional, emisora pública de la sociedad argentina, como si fuera una dependencia privada de su parcialidad partidaria. Desde comienzos de 2005 la programación de Radio Nacional debe interrumpir obligatoriamente y de modo abrupto su secuencia de emisiones cada vez que el Presidente habla en público, mecanismo que se ha practicado antes, durante y después de la reciente campaña electoral. Esto sucede varias veces por semana.

OTRAS CONSIDERACIONES

El Gobierno se ha valido de antecedentes de la Sra. Moncalvillo para procurar darle un perfil "progresista" a su programación, que ahora incluye una hora semanal en horario central confiada a Hebe de Bonafini. Integrante histórica de Poder Ciudadano y columnista de la revista Humor en los años iniciales de la democracia, Moncalvillo me confesó, al anunciarme las órdenes del Gobierno, que éstas vinieron directamente "de arriba". ¿De quién? ¿Del matrimonio presidencial? ¿De Alberto Fernández? Nadie sino ellos tres tiene ese poder: debajo de ellos todo es obediencia debida.
La cancelación de "Esto Que Pasa" de la programación de Radio Nacional es un alevoso golpe a la libertad de expresión. Han atacado un medio periodístico consagrado y respetado y que no significaba erogaciones dinerarias para un Gobierno que invierte anualmente más de 100 millones de pesos en abierta propaganda oficialista.
Al sacarme del aire se pretende eliminar una voz libre del debate nacional. Es un paso más en la progresiva y evidente asfixia de la libertad que, amargamente, padece hoy la Argentina. Viví exiliado diez años. Tuve que salir de la Argentina en 1974 durante el gobierno peronista, cuando la Triple A iniciaba con sus exterminios la tarea que asumirían formalmente las Fuerzas Armadas en 1976 cuando se implantó el terror de Estado. Regresé en 1984, con y por la democracia. Hoy me han censurado.
Con esperanza, sin miedo, pero con profunda preocupación por el futuro de la Argentina.

23.12.05

Las tetas de Devoto

Cuento de Alejandro Dolina, El libro del fantasma (1999)

Los Narradores de Historias han inventado muchas mentiras.
Por culpa de ellos, la gente ha llegado a dudar de cosas tan evidentes como el Ángel Gris de Flores y -por otro lado- hay quienes creen en leyendas tan fantásticas como la del ferrocarril que corría entre Sáenz Peña y Villa Luro.
Sin embargo, los Hombres Sensibles de Flores creían en la palabra de los Narradores e iban todas las noches a la casa en ruinas que está frente a la estación a hacerse referir cuentos por unas monedas.
Allí oyeron hablar de Isabel, la tetona de Devoto.
La primera vez que escucharon la historia no se sorprendieron demasiado: al parecer, en Villa Devoto había una muchacha un poco rara que tenía una nube en el pecho.
Pero los Narradores se complacían repitiendo sus relatos y cada vez agregaban detalles nuevos. En una segunda versión se supo que quien veía a Isabel no podía dejar de pensar en sus tetas. Más adelante se indicó que la mujer se escapaba de los hombres y que nadie había conseguido enamorarla jamás.
Algunos meses mas tarde, ya eran varios los hombres de Flores que juraban haberla visto. Bernardo Salzman, el jugador de dados, creyó reconocerla desde la ventanilla del tranvía Lacroze, en una visión fugaz pero imborrable. Jorge Allen, el poeta, pretendía haber visto su sombra en la calle Simbrón. Manuel Mandeb la había sospechado a sus espaldas en el subterráneo pero no se había animado a darse vuelta.
En ese entonces, para los muchachos del Ángel Gris aquello era apenas un asunto picaresco. Pero una noche de noviembre, el más codicioso de los narradores, un individuo maloliente al que llamaban Letrina, contó la historia de Isabel sin ocultar nada. Y allí estaba oyendo -para su desgracia- Manuel Mandeb.
-Las tetas de Isabel son las más portentosas de la Tierra. Pero eso no es todo: el hombre que alcance a contemplarla conocerá el Gran Secreto. Entrará en posesión de las terribles verdades de la vida, el arte y el amor. Pero las tetas de Devoto no están hechas para cualquiera. Hay un sólo hombre señalado por el destino para asomarse a todos los misterios del Universo. Si otro caballero se atreviera a espiar lo que no debe, moriría en el acto. Nadie sabe quién es el hombre indicado. Isabel. sin embargo, lo espera y está segura de reconocerlo. Se dice que el hombre le dejará como regalo una herradura.
Manuel Mandeb preguntó enseguida dónde vivía semejante hembra. Pero el Narrador exigió un nuevo aporte de dinero para continuar. Ante la insolvencia general, decidió retirarse.
Para el pensador, el caso se transformó en una obsesión. Anduvo inspeccionando pechugas por todos los barrios y siguiendo los pasos de cuanta tetona se le atravesaba. Amigos desocupados lo ayudaban en su búsqueda: Ives Castagnino, el músico de Palermo; el ruso Salzman; Allen, el poeta, y Jaime Gorriti, el quinielero de Caseros.
Una tarde de diciembre, Mandeb dio con una muchacha que conocía la leyenda. Ella no pudo aportarle datos nuevos pero le dejó una pregunta inquietante:
-¿Qué pasaría si usted no fuera el Hombre Elegido?
-No vale la pena vivir si uno no es el Hombre Elegido -contestó Mandeb-, y le arrancó la blusa.
Desde otros barrios comenzaron a llegar rumores.
Alguien sabía algo sobre una gitana de la calle Sanabria. Otros hablaban de una morocha de Villa Crespo. Pero lo más interesante fue la noticia de la extraña muerte de Lorenzo Lugo, un reonmbrado picaflor de José Ingenieros. Lo encontraron tirado bajo un puente de la General Paz, agonizante. Antes de morir en el hospital Pirovano, dijo cosas incomprensibles acerca de unas tetas.
Algunas semanas depués, el Narrador Sucio lo aclaró todo. Lugo había pasado casualmente frente a la casa de Isabel y alcanzó a verla baldeando el patio. De pronto, en un movimiento brusco, uno de los Colosos de Devoto saltó fuera del batón y desató la tragedia.
Varias muertes y desapariciones fueron atribuidas al pecho fatal, pero era casi seguro que los Narradores exageraban.
Durante todo el verano, los Hombres Sensibles buscaron indicios y esperaron señales.
El seis de marzo, Manuel Mandeb encontró una herradura de plata.
Entonces perdió toda compostura. Andaba todo el día por Villa Devoto y tocaba los timbres de las casas haciéndose pasar por vendedor de rifas. Cada noche soñaba con Tetas Ciclópeas que nunca alcanzaban a descubrírsele totalmente: velos, sábanas y breteles le negaban la sabiduría.
Hasta que una tarde, durmiendo la siesta, tuvo un sueño diferente: vio una casa con una verja muy alta y un yuyal selvático en el frente. Era una casa espantosa y el miedo lo despertó.
Dando por suficiente el dato soñado, Mandeb hizo un anuncio solemnte en la esquina de Artigas y Aranguren.
-Llegó la hora -recitó- la noche es fresca, el viento sopla desde Liniers, la luna es brillante. Y yo ya sé dónde encontrar a Isabel.
Eran cinco: Manuel Mandeb, Jorge Allen, Bernardo Salzman, Ives castagnino y Jaime Gorriti.
-Esta noche, si tenemos suerte, vamos a ver las tetas más hermosas del mundo y sabremos el secreto del amor y de la vida.
Salzman, el hombre de los dados, se atrevió a una objeción:
-Si no entendí mal el cuento, aquí venimos sobrando cuatro.
-Es cierto- admitió Mandeb- solamente un hombre ha sido señalado para este asunto. Pero si entre nosotros está el elegido, ya habrá tiempo de conversar. Y tal vez la visión de uno será la visión de todos.
Los muchachos de Flores partieron rumbo a Devoto. Atravesaron todo Villa del Parque. Cruzaron las vías del Pacífico. Manuel Mandeb olisqueaba el aire y trataba de orientarse.
Anduvieron dando vueltas cerca de una hora más. A veces interrogaban a los caminantes, pero nadie supo decirles nada. Finalmente, el olfato de Mandeb -o la casualidad- los condujo hasta una calle que iba agonizando hacia la General paz. En el rincón más oscuro de la cuadra, Manuel Mandeb pegó un salto.
-Es aquí... es aquí. Esta es la casa que soñé. Aquí vive Isabel.
Tocaron el timbre y esperaron. Pasaron como cinco minutos.
-No hay nadie...
- Tal vez no funcione el timbre... -Ives Castagnino empezó a golpear las manos. Gorriti se lució con un silbido agudísimo.
A lo lejos se abrió una puerta. Un momento después, una figura lamentable se fue acercando entre los yuyos.
El espectro llegó a la puerta. Era una vieja flaca y desencajada. El batón le llegaba hasta los pies. En la cabeza llevaba un pañuelo negro.
-¿Qué buscan aquí?
-Buscamos a Isabel.
-Aquí no hay nadie. Váyanse...
-No mienta, señora... Sabemos que Isabel vive aquí.
-No. Aquí no hay nadie... - La vieja dio media vuelta y se fue alejando hacia la casa.
Una lechuza cantó en lo alto. Jorge Allen se santiguó.
-Es aquí -insistió Mandeb-. Esa vieja no nos quiere dejar entrar, pero es aquí.
Desde la casa llegó el sonido de un piano que tocaba el vals "Lágrimas y sonrisas".
Allen volvió a tocar el timbre. El piano calló. Manuel Mandeb tomó una decisión.
-Por una vieja loca no me voy a preder la ocasión de conocer el Gran Secreto... Vamos a saltar la verja.
Ayudándose unos a otros, los hombres de Flores salvaron los fierros oxidados y saltaron al yuyal. Caminaron despacio, sin hablar. Cada tanto, alguno se reía de puro miedo.
En algún lugar se abrió una puerta. Enseguida aparecieron ocho perros, como sombras negras y aullantes.
Mandeb trataba de razonar con los animales mediantes silbidos y palabas tranquilizadoras.
-Chiquito, chiquito... bueno, bueno...
Un perro le tiró un terrible tarascón. El ruso Salzman consiguió un palo y empezó a repartir golpes a ciegas. Jorge Allen pegaba patadas con sus enormes zapatones y recibía mordiscos en los tobillos. Los hombres estaban aterrorizados. Ya casi no podían defenderse.
Desde la casa se oyó un silbido. Los perros se pararon en seco y un momento después corrieron hacia el lugar de donde habían salido.
Los muchachos de Flores quedaron tendidos en el yuyal, sucios, exhaustos, mordidos y con olor a perro.
Una sombra se acercó al grupo.
-¿Qué quieren aquí?
Era un sujeto inmenso. Un gigante. Estaba armado con un viejo trabuco naranjero.
El ruso Salzman tuvo ánimo para contestar.
-Quédese tranquilo, maestro. Venimos a ver a Isabel.
-Aquí no hay nadie -dijo el gigante -. Y váyanse, a ver si no les meto un perdigón en el balero.
Mandeb metió la mano en el bolsillo y sacó trabajosamente la herradura de plata.
-Tome, tome. Esto le va a interesar.
El gigante tomó la herradura y la examinó con cuidado.
-Usted puede pasar -dijo mirando a Mandeb-. Los otros se rajan.
-Los señores vienen conmigo. Yo me hago responsable.
-Está bien. Vamos.
Guiados desde atrás por el trabuco, entraron en un pasillo con olor a humedad. Después pasaron a una sala grande y oscura. El gigante los hizo sentar en unos sillones mugrientos. Volvieron a escuchar el piano.
-Esperen aquí quietitos.
El gigante se esfumó.
Al rato apareció una figura que ocultaba su cara con una gorra de enorme visera. Sin decir nada los guió por un sinnúmero de pasillos. En uno de los corredores vieron a un perro atado. Gorriti creyó reconocer a uno de los monstruos del yuyal y le acomodó un zapatazo brutal. El animal lanzó un horrible aullido. El hombre de la gorra no dijo nada.
Durante todo el trayecto los incomodaba un hedor pestilente.
-Qué olor a podrido...
-A mí me resulta familiar.
Salzman tuvo una revelación. Con la mayor rapidez arrancó la gorra del guía.
-Miren a quién tenemos aquí...
Era el Narrador sucio, el llamado Letrina.
-¿Qué hace usted en este lugar?
-Ya lo ve. Estoy terminando de contar una historia.
Al final del último pasillo había una puerta roja. El roñoso la abrió con una llave enorme.
-Adelante.
Entraron en una habitación llena de tapices y cortinados. En el centro había una cama inmensa. Los hombres de Flores se acomodaron en unas banquetas forradas en terciopelo. El Narrador los dejó solos.
Gorriti convidó cigarrillos. Esperaron un rato en silencio, concentrados en sus heridas y en sus dolores. Ya habían dejado de fumar, cuando apareció una mujer espléndida.
-¡Isabel! -gritó el ruso Salzman-. Miren... miren qué mina.
Era en realidad una hembra notable.
-No soy Isabel -confesó-. Apenas soy Ivette.
-¿Dónde está Isabel? -preguntó Mandeb.
-Ya vendrá, ya vendrá. Depende de ustedes. Presten atención.
La mujer adelantó sus manos y con elegancia recitó:

Miren mis manos. Dicen que una de ellas
es la salud y cura las heridas.
Quien la roce tendrá valor y fuerza
en todos los momentos de su vida.

La otra mano es la peste y quien la toque
padecerá tormentos y dolores.
Ahora hay que elegir: no se equivoquen.
¿Quién se atreve a arriesgar? Jueguen, señores.

Castagnino se levantó y besó la mano derecha.
Los hombres de Flores sintieron un extraño bienestar y las mordeduras desaparecieron en ese mismo instante.
La mujer tiró de una cinta y su vestido se abrió.

Miren mis pechos: son como dos lunas
que de otras brindan pálida noticia.
Uno es la buena suerte y da fortuna
por siete años al que lo acaricia.

El otro es la desgracia, ya lo saben.
Tocarlo es desacierto y es derrota.
Vamos, señores, que en sus manos caben
la sombra y la ventura. ¿Quién se anota?

Jorge Allen se adelantó temblando. Dudó un instante y luego acarició suavemente el pecho izquierdo de Ivette.
-Acertó también el poeta.
Hubo una pequeña ovación. Los amigos se abrazaron. Ivette volvió a recitar.

Ahora les digo: miren mis mejillas
-Y aquí es donde se empieza a jugar fuerte-
Se puede besar una, que es la vida...
se puede besar otra, que es la muerte.

Manuel Mandeb se levantó rápidamente. Se acercó a Ivette y le puso las manos sobre las mejillas. Entonces recitó.

Nadie vaya a copar. A mí me toca.
Yo soy el que ha venido para eso.
El jugador que apostará en tu boca
a la vida y la muerte con un beso.

Y la besó.
-Vamos, Ivette -dijo Manuel tiernamente-, Isabel espera.
Ivette lo miró con cierta melancolía. Se cerró el vestido y se fue para siempre.
Los Hombres del Ángel Gris quedaron solos de nuevo. Otra vez volvió a escucharse el piano.
Una cortina se descorrió y apareció Isabel.
Todos temblaron. Todos supieron que era ella.
Manuel Mandeb lloró de emoción o tal vez de alarma: los ojos de aquella mujer conocían - lo supo enseguida - toda su vida. Ahora no tenía ninguna duda: el elegido era él.
Isabel fue directamente hacia el pensador de Flores.
-Será un momento nada más -anunció.
-No importa.
-Tus amigos deben irse.
-Mis amigos se quedan. Han sufrido mucho para llegar aquí.
-Está bien... todos merecen el don. Pero no sé si enseñando mis pechos no los haré más desgraciados.
-Más vale ser sabio que dichoso... ¡A ver esas tetas!...
La mujer caminó hacia el centro de la habitación. Mandeb miraba ansioso. Isabel lo llamó. Lo besó en la frente y observándolo con aquellos ojos que lo sabían todo, le acarició la cabeza.
-Pobrecito...
Después, lentamente fue desabotonándose la camisa. Los hombres de Flores temblaban. Los pechos fueron apareciendo de a poco, como lunas de verano, como soles en el mar. En un amanecer de tetas saltó el último botón.
En ese momento, Mandeb comprendió que algo terrible iba a ocurrir y trató de detenerla. Pero ya era tarde: las Tetas de Devoto estaban desnudas y brillantes como estrellas.
Pero fueron estrellas fugaces.
Por un instante los hombres sintieron un dolor dulce, como una puñalada de felicidad.
Pero enseguida, un segundo después, como palomas heridas, las Tetas se marchitaron y cayeron.
La hembra fantástica envejeció de golpe y se convirtió en la vieja que habían visto antes. Las arrugas brotaron en la piel y las piernas se arquearon. La sonrisa piadosa fue una risotada de burla. Pero peor fue lo que ocurrió con los ojos. Aquellos ojos lo sabían todo, pero ya no les importaba nada.
La habitación se llenó de un vapor oloroso. Por una puerta aparecieron unos sujetos atléticos con la piel untada de aceite y armados con enormes cuchillos. Gritaban o quizá cantaban en una lengua desconocida. La vieja empezó una danza repugnante, moviéndose con lujuria y agitando las piernas surcadas de venas moradas.
Los hombres armados, sin dejar de gritar, se fueron acercando a los hombres de Flores. Uno de ellos desgarró la camisa de Mandeb y trató de besarlo en el hombro.
El pensador retrocedió rápidamente y soltó una voz de mando firme y decidida.
-Rajemos.
Castagnino apenas pudo esquivar a la vieja que le mostraba una lengua de color violeta. Los amigos huyeron por los corredores. El Narrador de Historias trató de cerrarles el paso, pero no lo consiguió. Por suerte, el gigante no apareció.
Cuando llegaron al yuyal, los cinco muchachos vieron que ya nadie los perseguía. De todas maneras, siguieron a la gran carrera mientras saltaban los fierros, oyeron el piano que seguía tocando "Lágrimas y sonrisas".
Siempre corriendo cruzaron Villa Devoto y llegaron medio muertos a Floresta. Con los ojos llenos de lágrimas siguieron caminando en silencio hasta Flores.
Sin hablar, se fueron separando. Castagnino tomó un taxi hasta Palermo. Gorriti se subió al 53 para ir a Caseros. Salzman se despidió en la puerta de su casa.
En la esquina de Artigas y Aranguren, Jorge Allen le dijo al pensador:
-Por un momento creí que de verdad íbamos a conocer el Gran Secreto... y me aterroricé.
-Quién sabe -contestó Manuel Mandeb-. Yo tengo miedo de que realmente lo hayamos conocido.